Un nuevo informe reveló que el número de tropas en Corea del Sur se redujo un 20% en los últimos seis años, una caída vinculada principalmente al descenso sostenido de la natalidad y al envejecimiento de la población. La tendencia pone en el centro del debate si Seúl puede mantener su capacidad disuasoria justo cuando Corea del Norte acelera la modernización y expansión de sus fuerzas.
La caída demográfica en Corea del Sur ha sido documentada durante la última década: menos nacimientos, menos jóvenes en edad de servicio y una proporción creciente de adultos mayores transforman la estructura social y laboral del país. El ejército surcoreano, que todavía se sustenta en gran medida en el servicio militar obligatorio para hombres jóvenes, siente el efecto directo de ese cambio. Menos reclutas significa menos efectivos en la primera línea y mayores presiones sobre los sistemas de reserva y movilización.
Ante esa realidad, las autoridades militares y civiles han buscado alternativas. Entre las medidas en evaluación y en marcha aparecen la modernización tecnológica de las unidades, mayor inversión en capacidades de precisión y vigilancia, y un impulso hacia fuerzas más profesionales y especializadas. Al mismo tiempo, la alianza con Estados Unidos sigue siendo un pilar central de la estrategia de defensa de Seúl, con ejercicios conjuntos, despliegue de capacidades e intercambio de inteligencia como elementos que compensan, en parte, la pérdida de masa crítica humana.
Pero el desafío es mayor porque Pyongyang no está estática: en los últimos años Corea del Norte ha incrementado pruebas de misiles, mejorado sistemas de artillería con mayor alcance y persistido en el desarrollo de su capacidad nuclear. Ese empuje genera presión inmediata sobre la capacidad de disuasión y la preparación operativa de Corea del Sur, obligando a replantear tanto el diseño force (distribución y tipo de unidades) como las políticas de reclutamiento y retención.
En la esfera doméstica, el declive de efectivos multiplica tensiones políticas. Hay voces que piden incentivos económicos para alentar el alistamiento, beneficios para quienes optan por carreras militares profesionales, o incluso revisar la duración del servicio obligatorio. Otros plantean cambios más profundos, como ampliar roles de mujeres en las fuerzas, fortalecer la reserva técnica o aumentar la automatización y el uso de inteligencia artificial, robots y drones para compensar la menor cantidad de soldados.
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Las implicaciones trascienden lo castrense: una menor población en edad laboral impacta la economía y la capacidad fiscal del país para sostener aumentos significativos en el gasto de defensa. La situación obliga a una combinación de respuestas: políticas demográficas a largo plazo, reformas militares inmediatas y una diplomacia activa que mantenga la estabilidad regional.
Mientras tanto, Corea del Sur enfrenta la difícil tarea de equilibrar una realidad demográfica adversa con la necesidad de mantener un alto nivel de crédito preventivo frente a un vecino cada vez más militarizado. La pregunta sigue abierta y presiona decisiones urgentes en Seúl sobre cómo garantizar seguridad sin perder la sostenibilidad social y económica.