Agricultura: El sector agropecuario de Costa Rica enfrenta una crisis por la alternancia de sequías y lluvias intensas. Reportan pérdidas en hortalizas y granos.
Emergencia en el campo: La «dictadura del clima» amenaza la seguridad alimentaria de Costa Rica
El sector de la agricultura costarricense atraviesa uno de sus periodos más críticos en la historia reciente. Este viernes 27 de marzo de 2026, informes técnicos del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) confirman que la volatilidad climática —caracterizada por una alternancia violenta entre sequías prolongadas y episodios de lluvias torrenciales— está diezmando la producción de hortalizas, granos básicos y pastizales en todo el territorio nacional. Los productores rurales advierten que la ventana de planificación agrícola se ha cerrado debido a la irregularidad de los ciclos de precipitación, lo que pone en riesgo no solo los ingresos de miles de familias, sino la disponibilidad inmediata de alimentos en los mercados locales. Para profundizar en el impacto económico de este fenómeno, puede visitar nuestra categoría Economía.
La variabilidad climática de este primer trimestre de 2026 ha superado las proyecciones del Instituto Meteorológico Nacional (IMN). Zonas tradicionalmente productivas como el Valle Central y la provincia de Cartago han reportado una disminución del 15% en los rendimientos de cultivos de papa y cebolla debido a suelos saturados por lluvias extremas seguidas de golpes de calor intenso. Esta combinación actúa como un caldo de cultivo para patógenos y hongos que atacan la raíz de las plantas, reduciendo la calidad del producto final y encareciendo los costos de producción por el uso intensivo de insumos para el control sanitario. El campo costarricense ya no lucha contra las plagas tradicionales, sino contra un calendario meteorológico que parece haber perdido la brújula.
Impacto en las cadenas de suministro y el bolsillo del consumidor
Las consecuencias de esta inestabilidad en la agricultura ya se sienten en las ferias del agricultor y supermercados. La escasez de productos frescos ha provocado una presión al alza en los precios, afectando directamente la canasta básica. Los analistas del sector agroalimentario señalan que la interrupción de los ciclos de cultivo impide mantener una oferta constante, lo que genera baches en el abastecimiento. Las pequeñas explotaciones son las más afectadas, ya que, a diferencia de las grandes corporaciones agroindustriales, carecen de sistemas de riego automatizados o infraestructura de almacenamiento con atmósfera controlada que permita mitigar las pérdidas postcosecha.
Además, la logística de distribución se ha visto comprometida por el deterioro de los caminos rurales tras los episodios de lluvias torrenciales asociados a fenómenos rezagados del año anterior. La erosión de los suelos no solo destruye la capa fértil necesaria para la siembra, sino que obstruye las vías de comunicación, dejando a cientos de productores aislados con sus cosechas a punto de perderse. Esta vulnerabilidad estructural de la agricultura rural subraya la urgencia de una intervención estatal que trascienda los subsidios temporales y se enfoque en la resiliencia a largo plazo.
Causas: El ciclo destructivo de la erosión y la inundación
Expertos en edafología explican que el problema principal radica en la pérdida de la capacidad de absorción de los suelos. Meses de sequía extrema compactan la tierra, y cuando llegan las lluvias intensas, el agua no se infiltra, sino que corre superficialmente, lavando los nutrientes y provocando una erosión acelerada. Este fenómeno es particularmente destructivo en zonas de ladera, donde la agricultura de subsistencia es predominante. La pérdida de la capa arable significa que, incluso si el clima se estabilizara mañana, la productividad de esas tierras tardará años en recuperarse sin una intervención técnica masiva.
La preocupación aumenta al observar los modelos climáticos para el cierre del primer semestre de 2026. El IMN advierte que la frecuencia de eventos extremos continuará en ascenso, impulsada por la anomalía térmica de los océanos. Esto complica la gestión de riesgos para los seguros agrícolas, cuyas primas han comenzado a subir ante la imposibilidad de predecir con exactitud la viabilidad de las cosechas. La inseguridad alimentaria local ya no es una advertencia teórica, sino una realidad que golpea los indicadores de pobreza en las zonas rurales del país.
Ruta hacia la resiliencia: Medidas urgentes
Para mitigar este impacto, el sector de la agricultura exige una hoja de ruta que incluya la inversión masiva en cosechas de agua y sistemas de riego por goteo que optimicen el recurso hídrico durante las sequías. La diversificación de cultivos, apostando por variedades más resistentes al calor y al exceso de humedad, es otra de las recomendaciones clave de la academia. Sin embargo, estas medidas requieren financiamiento accesible y asistencia técnica que llegue directamente a la finca, algo que hoy sigue siendo una barrera para el pequeño productor.
Finalmente, el Gobierno ha destinado recientemente ₡5.500 millones para apoyar a casi 24.000 productores afectados por eventos previos, pero la persistencia de los fenómenos extremos sugiere que estos fondos podrían ser insuficientes si no se acompañan de una política de adaptación climática agresiva. La seguridad alimentaria nacional depende de la capacidad del país para escuchar a su campo y actuar con la urgencia que la crisis amerita. STAY TV continuará dando seguimiento a las alertas meteorológicas y a la evolución de los precios de los productos básicos para informar a la ciudadanía sobre el estado de nuestra mesa nacional.
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